Herir a quién más quieres

Herir a quién más quieres

Hoy he escrito esto en Instagram:

Muchas veces me he sentido muy bien por haber sido madre una vez que ya había hecho un largo proceso terapéutico. Pensaba que si hubiera sido madre con 20 años habría «destrozado» a mis hijos. Evidentemente, si hemos sufrido trauma en la infancia, vamos a tener que hacer cierto trabajo si queremos ser pares. Si hay mucha disociación, difícilmente vamos a poder estar presentes en la crianza. Y menos, poder co-regular a nuestros hijos si nosotros no somos capaces de regularnos a nosotros mismos. Pero también es cierto que podemos ser gente herida y ser tremendamente amorosos y compasivos. Y haber sufrido los peores tratos imaginables en la infancia, y seguir siendo tremendamente amorosos y compasivos. La clave es más profunda. Todos tenemos una parte violenta dentro de nosotros mismxs. Si nuestros padres nos aceptaron cómo éramos, podremos vivir en paz con esa parte. Pero si nuestros padres fueron negligentes, maltratadores, abusivos, ausentes… Hemos crecido negando ciertas partes de nuestro Ser, y avergonzándonos de las otras. Y si estamos negando y reprimiendo nuestra parte violenta, saldrá de formas que no seremos capaces de controlar. Por ejemplo, dándole un bofetón a nuestro hijo aun cuando luego nos sintamos tremendamente culpables y miserables. Por eso no hay que reprimir ninguna de nuestras partes. Porque haciendo eso también estamos dejando de acceder a gran parte de nuestra energía. Lo que tenemos que hacer es conocer y aceptar con compasión a todas nuestras partes. Si yo soy capaz de asumir mi violencia, podré utilizar esa energía cuando la necesite. Y dejar de «malgastarla» hiriendo a la gente a la que queremos.

Pero os quería contar mi experiencia personal…

Cuando mi hija tenía 2 años aproximadamente, yo perdía los nervios cuando la acostaba. Siempre hemos hecho colecho, y seguimos haciéndolo, así que iba con ella a la cama, la dormía y luego mi marido y yo cenábamos y estábamos un rato solos hasta que también nos acostábamos.

En un momento dado, mi hija se pasó unas semanas que no se dormía de ninguna manera. Me la llevaba a la cama sobre las 9 y nos podían dar las 11 sin que ella se durmiera.

Se ponía a dar saltos y le daban unos subidones de energía que yo no podía gestionar.

Un día, me vi a misma agarrándola e inmovilizándola como si estuviéramos en un ring de boxeo. Era tremenda la rabia que me salía. Ella gritaba y se rebelaba con todas sus fuerzas, pero yo no dejaba que se moviese.

Después de un par de veces de hacer este, tomé conciencia de lo que estaba haciendo. Era increíble poder asumir y sostener el «placer» que me daba «aplastando» a mi hija. Yo me sentía como un gigante aplastando un insecto. Así de fuerte.

Si no hubiese querido mirar toda esa violencia que estaba reprimiendo, habría seguido haciéndolo de manera inconsciente. Me hubiese pasado años haciéndolo, de diferentes maneras. Como esos padres que pegaban a sus hijos y cuando se lo echan en cara de adultos, dicen: «Yo no recuerdo haberte pegado nunca».

Yo fui capaz de ver toda esa violencia dentro de mí. De ver el daño que le estaba haciendo a mi hija. De asumir y aceptar todo eso con compasión. Y eso me ayudó a no volver a hacerlo más. Por suerte, eso solo ocurrió un par de veces.

En vez de seguir dirigiendo mi rabia hacia ella, empecé a observarla y a conocer esa rabia. De dónde venía, qué quería, qué tenía que decirme… Y lo hice a través de la respiración restaurativa que practicamos en mi programa de 21 días.

Hacía mis sesiones con la intención de «ser más amorosa con mi hija», «de tener más paciencia», «de conectar con el amor»… y como ocurre con este tipo de respiración, empezó a salir toda la información inconsciente que estaba «debajo».

Estaba replicando un comportamiento que tenía mi madre conmigo cuando era niña. Mi madre muchas veces me hacía daño para que llorase, y luego iba a consolarme. Es como si solo pudiera conectar conmigo de esa manera. Son los únicos abrazos que recuerdo de ella.

Por ejemplo, todos mis amigos se disfrazaban e iban a pedir caramelos en Halloween. Ella no me dejaba. Yo me enfadaba y me iba a llorar a mi cuarto. Y cuando llevaba un buen rato, ella venía a consolarme. Me abrazaba, me disfrazaba y me dejaba ir a pedir caramelos.

Mi madre «jugaba» mucho a eso conmigo. Tenía que «aplastar» primero mi voluntad, antes de decirme que sí a algo que quería hacer.

Y yo estaba repitiendo ese patrón. Tenía que «aplastar» primero la voluntad de mi hija de saltar y jugar en la cama, para luego consolarla y que se durmiera en mis brazos.

Ver aquello fue muy doloroso. Pero solo permitiéndome verlo y sostenerlo pude transformarlo en otra cosa. Desde que pude ver aquello en las sesiones de Breathwork jamás he vuelto a «aplastar» la voluntad de mi hija. De hecho, cuando me sale el «automatismo» lo paro inmediatamente. Y trato de fomentar al máximo su voluntad, incluso cuando es con algo que no me gusta.

Porque sé lo tremendamente dañino que es que «aplasten» tu voluntad durante años, hasta que te dejan sin fuerza, congelada, aplastada… y ya solo sabes relacionarte con los demás desde la adulación.

Con amor, Elsa

***

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