Publicado originariamente en Substack.
Quieres cambiar. De verdad quieres.
Quieres dejar de repetir esa relación que te duele. Quieres poner límites sin sentir culpa. Quieres descansar sin sentir que estás fallando. Quieres empezar ese proyecto, hablar claro, elegirte. Lo has pensado mil veces. Lo has decidido muchas veces.
Y, aun así, algo dentro de ti se bloquea.
Te prometes que esta vez será diferente. Te motivas. Lees. Reflexionas. Te convences. Pero cuando llega el momento real —esa conversación, esa decisión, ese paso—, tu cuerpo se contrae, dudas de todo o aparece una fuerza invisible que te lleva de vuelta a lo conocido.
Entonces llega la culpa.
“¿Qué me pasa?”
“¿Por qué repito lo mismo?”
“¿Por qué me autosaboteo?”
La explicación más común es que te falta disciplina, carácter o fuerza de voluntad. Pero esa explicación es demasiado superficial. Porque el cambio no es solo una decisión mental. Es una experiencia fisiológica.
El sistema nervioso no quiere que cambies. Quiere que sobrevivas.
Tu sistema nervioso no está diseñado para que evoluciones rápido. Está diseñado para mantenerte con vida.
Si en algún momento del pasado expresar lo que sentías fue peligroso, tu cuerpo lo registró. Si poner límites significó rechazo, crítica o abandono, tu sistema nervioso aprendió que cambiar tenía consecuencias. Si mostrarte auténtica implicó perder vínculo, tu biología archivó esa experiencia como amenaza.
Y el cuerpo no olvida fácilmente lo que asoció con peligro.
Aunque hoy seas adulta. Aunque hoy tengas recursos. Aunque hoy racionalmente sepas que no es lo mismo.
Si tu fisiología no se siente segura, activará protección.
Lo conocido es más seguro que lo incierto
Repetir patrones muchas veces no es amor al sufrimiento. Es amor a la supervivencia.
Lo conocido, aunque duela, es predecible. Sabes cómo moverte ahí. Sabes qué esperar. Sabes cómo adaptarte. Para un sistema nervioso que aprendió a estar en alerta, la previsibilidad reduce incertidumbre.
Y la incertidumbre, para un sistema en modo supervivencia, puede sentirse más amenazante que el dolor familiar.
Por eso puedes quedarte en relaciones que ya sabes que no te nutren. Por eso puedes postergar decisiones importantes. Por eso puedes abandonar algo nuevo justo cuando empieza a crecer.
No porque no quieras cambiar. Sino porque cambiar implica atravesar un territorio desconocido.
Y entrar en un territorio desconocido puede ser muy activador para un sistema nervioso desregulado.
Cambiar activa el cuerpo
Cada vez que decides hacer algo diferente, tu sistema nervioso necesita tolerar sensaciones nuevas.
Más activación. Más exposición. Más vulnerabilidad. Más incertidumbre.
Si tu ventana de tolerancia es estrecha —si te desbordas fácilmente o si tiendes a colapsar— el cuerpo buscará volver al equilibrio rápidamente. Y el equilibrio, para él, no es felicidad. Es familiaridad.
Por eso muchas personas intentan cambiar desde la exigencia. Se presionan más fuerte. Se repiten que tienen que poder. Se enfadan consigo mismas.
Pero la exigencia no genera seguridad. Genera más activación.
Y un sistema nervioso activado no cambia, se protege.
El cambio real empieza en la regulación
Si quieres cambiar de verdad, el trabajo no empieza en la mente. Empieza en el cuerpo.
Empieza ampliando tu capacidad para sentir incomodidad sin salir corriendo ni colapsar. Empieza fortaleciendo tu capacidad de autorregulación. Empieza enseñándole a tu sistema nervioso que ahora tienes recursos que antes no tenías.
Eso puede significar aprender a respirar diferente. Aprender a notar tus sensaciones sin juzgarlas. Practicar pequeñas acciones nuevas en contextos seguros antes de dar grandes saltos.
El cambio no es un acto heroico. Es un proceso fisiológico.
Cuando el cuerpo se siente suficientemente seguro, la decisión deja de ser una batalla interna. Empieza a sentirse más natural. Más alineada. Más posible.
No necesitas empujarte más fuerte
Muchas veces creemos que el problema es que no nos esforzamos lo suficiente. Pero, ¿y si el problema no es falta de fuerza, sino falta de seguridad?
No necesitas más presión. Necesitas más regulación.
No necesitas más autoexigencia. Necesitas más capacidad interna.
No necesitas convencerte con argumentos. Necesitas experiencias repetidas de que puedes atravesar algo nuevo sin que tu mundo se derrumbe.
Cuando la fisiología cambia, la conducta cambia.
Cuando el cuerpo aprende que ya no está en peligro, el cambio deja de sentirse como amenaza y empieza a sentirse como expansión.
Si te has sentido frustrada contigo misma
Quiero que leas esto con suavidad.
Si has intentado cambiar y has vuelto atrás, no eres incoherente. Si has repetido patrones que sabes que te hacen daño, no eres débil. Si te prometiste algo y no lo cumpliste, no estás rota.
Tu sistema nervioso ha estado intentando protegerte con las herramientas que aprendió.
Y lo que se aprendió, también puede desaprenderse.
Pero no desde la lucha contra ti misma.
Sino desde la creación de seguridad.
Ahí empieza el cambio real. No en la fuerza de voluntad. Sino en la biología.
Comentarios