Atrás

El cuerpo recuerda lo que la mente olvidó

Trauma·Elsa Bonafonte·Febrero 17, 2026· 5 minutos

Publicado originariamente en Substack.


Hay cosas que “ya pasaron”, pero tu cuerpo no lo sabe. Puedes entender racionalmente que esa etapa terminó, que esa relación se acabó o que ya no eres esa niña. Puedes incluso haber hablado mucho sobre ello en terapia, haberlo analizado desde todos los ángulos, haberlo explicado con claridad. Y aun así, tu pecho se cierra en ciertas situaciones, tu mandíbula se tensa sin darte cuenta, tu sueño se altera, tu digestión cambia o tu respiración se vuelve superficial cuando algo te activa.

No es incoherencia. No es exageración. No es debilidad. Es biología.

El sistema nervioso no archiva las experiencias abrumadoras como simples recuerdos narrativos. Cuando algo fue demasiado intenso, demasiado rápido o demasiado solitario para poder procesarlo con suficiente apoyo, no se integra del todo. No se convierte en una memoria con principio, desarrollo y final. Se queda como una experiencia inconclusa en la fisiología.

Como explica Bessel van der Kolk en El cuerpo lleva la cuenta, el trauma no es el evento en sí, sino la huella que deja en el organismo cuando no hubo recursos suficientes para atravesarlo con sensación de seguridad. Es la activación que quedó atrapada en el sistema nervioso. Es la respuesta de supervivencia que no pudo completarse.

Desde fuera puede parecer que “no pasó nada tan grave”. Pero el cuerpo no mide los eventos por su gravedad objetiva, sino por la capacidad que tenías en ese momento para sostenerlos. Si eras pequeña, si estabas sola, si dependías de la persona que te hería, si no había nadie que te ayudara a regularte, tu sistema nervioso hizo lo único que sabía hacer: protegerte.

Y proteger, en términos biológicos, significa activar.

Activar el sistema simpático para luchar o huir. O, si no había salida, activar la respuesta de colapso, de desconexión, de congelación. Estas respuestas no son elecciones conscientes. Son programas automáticos profundamente inteligentes diseñados para mantenerte con vida.

El problema no es que se activaran. El problema es cuando se quedan activas mucho tiempo después de que el peligro haya desaparecido.

El cuerpo no entiende de fechas. No entiende que eso fue hace diez años. No entiende que ahora eres adulta, que ahora tienes recursos, que ahora puedes irte si algo no te gusta. El cuerpo entiende de señales de amenaza o de seguridad en el presente. Si algo hoy se parece mínimamente a lo que dolió ayer —un tono de voz, una mirada, una sensación de rechazo, una crítica sutil— puede activar la misma respuesta que en el pasado.

Por eso puedes decir “ya lo tengo superado” y, aun así, sentir una oleada de ansiedad cuando alguien se enfada contigo. Puedes saber que tu pareja actual no es como la anterior y, sin embargo, sentir miedo cuando tarda en contestar un mensaje. Puedes ser una mujer fuerte, independiente y capaz, y aun así bloquearte en situaciones que, racionalmente, no parecen tan amenazantes.

No es falta de coherencia. Es memoria corporal.

El trauma no vive solo en la historia que contamos. Vive en la respiración, en el tono muscular, en la postura, en la activación basal del sistema nervioso. Vive en la facilidad o dificultad para confiar, en la tendencia a controlar, en el impulso de complacer para evitar conflicto o en la necesidad de aislarse cuando algo duele.

Hablar de lo que pasó puede aliviar, y muchas veces es necesario. Pero no siempre es suficiente. Porque la palabra trabaja sobre la narrativa, y el trauma muchas veces está almacenado en niveles más profundos, más primitivos, más corporales.

El sistema nervioso necesita experiencias correctivas, no solo explicaciones. Necesita sentir en el cuerpo que ahora hay seguridad. Que ahora hay espacio. Que ahora no estás sola. Que ahora puedes elegir.

La seguridad no es una idea. Es una experiencia fisiológica. Es una respiración que se vuelve más amplia sin forzarla. Es un pecho que se ablanda. Es un abdomen que deja de estar contraído. Es la capacidad de estar en una conversación difícil sin que todo tu cuerpo entre en estado de alerta.

Sanar no es forzarte a recordar más ni a analizar más cada detalle del pasado. No es obligarte a “ser fuerte” o a “pasar página”. Sanar es acompañar al sistema nervioso a completar lo que quedó inconcluso. Es permitir que esa energía de lucha, huida o congelación encuentre una salida segura. Es ampliar poco a poco tu ventana de tolerancia para que puedas sentir sin desbordarte y descansar sin desconectarte.

Cuando el cuerpo aprende que ahora hay más recursos que antes, empieza a soltar. No de golpe. No mágicamente. Pero sí progresivamente.

Empieza a reducir la hipervigilancia. Empieza a permitir más conexión. Empieza a confiar un poco más en la vida.

Si te has sentido confundida porque “en teoría” estás bien, pero “en la práctica”, sigues reaccionando, quiero que sepas algo importante: no estás rota. Tu cuerpo ha estado intentando protegerte todo este tiempo. Ha hecho lo mejor que ha podido con la información que tenía.

Y lo que aprendió para sobrevivir, también puede aprender a vivir con más calma cuando encuentra suficiente seguridad.

La pregunta no es “¿qué me pasa?”. La pregunta es “¿qué necesitó mi sistema nervioso en aquel momento que no tuvo?”. Y, sobre todo, “¿cómo puedo empezar a ofrecerme ahora esa experiencia de seguridad que antes faltó?”.

Ahí empieza el verdadero cambio. No en la fuerza de voluntad. No en el pensamiento positivo. Sino en la fisiología.

En el cuerpo.

Porque el cuerpo recuerda lo que la mente olvidó. Pero también puede aprender algo nuevo.