trauma relacional

Entender el trauma relacional

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Ocurre cuando el niño ha sufrido eventos traumáticos relacionados con la relación o vínculo con sus cuidadores.  Negligencia, abandono, abusos, violencia, falta de cuidados, etc. También ocurre cuando el niño ha sufrido un evento traumático y no ha habido ningún cuidador para regular la activación de su sistema nervioso.

Idealmente, tras un evento traumático el niño consigue corregularse a través del   vínculo con otra persona. Es lo que también ocurre de forma natural entre la madre y el bebé cuando hay un vínculo sano. Si ha habido una corregulación sana, el niño aprenderá a autorregularse.

Si no se produce la situación ideal de corregulación (con la persona de apego) tras el evento traumático, hay otra salida para que el niño pueda “metabolizar” el trauma. Posterior al evento traumático, se puede producir una “reparación” por parte de los cuidadores del niño. Si el niño recibe los cuidados que necesita, puede integrar el trauma de forma exitosa.

Si no se produce ni la corregulación ni la reparación por parte de las figuras de apego, el niño sufrirá trauma. Somáticamente, su cuerpo se pondrá en modo “hipervigilante”. Su sistema nervioso se volverá hiperactivado. Su mente pondrá toda la atención en evitar cualquier tipo de peligro, ya sea real o imaginado. “No hay seguridad”. Modo de supervivencia.

Construir mayor capacidad de conexión con otros implica ampliar primero nuestra capacidad de tolerar nuestras sensaciones. El primer paso es ser conscientes de cómo usamos la “urgencia” para evitar el contacto con nosotros mismos. Sentir la activación, la urgencia, la impaciencia, el “hacer” constante, la evitación, la rapidez…

El niño tendrá que regularse de la forma en que pueda. Buscará así la manera de calmar la activación en el cuerpo. Lo más accesible será regularse a través del placer. Pero un placer que no conlleve la relación y la conexión con otros, ya que ha aprendido que es peligroso. Comida, masturbación, videojuegos, televisión, drogas…

Cuando llegamos a la adultez, no hemos tenido la experiencia de corregulación, conexión e intimidad con otros. Es algo que percibimos como desconocido, peligroso y atemorizante. Tanto la relación con nuestro propio cuerpo (y sus emociones, pensamientos y sensaciones), como la relación e intimidad con otros cuerpos, se siente muy amenazante.

Construir mayor capacidad de conexión con otros implica ampliar primero nuestra capacidad de tolerar nuestras sensaciones. El primer paso es ser conscientes de cómo usamos la “urgencia” para evitar el contacto con nosotros mismos. Sentir la activación, la urgencia, la impaciencia, el “hacer” constante, la evitación, la rapidez…

El segundo paso es atender a nuestras sensaciones y atender el mensaje que nos están mandando. Atender cada sensación y atender la necesidad que lleva implícita. ¿Tengo hambre?, ¿Tengo sueño?, ¿Necesito descansar?, ¿Tengo frío?, ¿Tengo que ir al baño?, ¿Algo me duele?, ¿Me siento incómoda?

El tercer paso es ser compasivos con nosotros mismos. Poco a poco, y ganando mayor conexión con nosotros y mayor tolerancia a sentir nuestro cuerpo y nuestras sensaciones, podremos conectar de forma más profunda y segura con los demás. Sé compasivo. Este trabajo puede llevar una vida entera.

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